Faltaban apenas cinco minutos para que Argentina terminara de ganar a Bélgica en la semifinal del Mundial de México ’86 gracias a dos goles de Diego Maradona. El seleccionador, Carlos Bilardo, retiró a uno de sus indiscutible, Burruchaga, y dio entrada a Ricardo Enrique Bochini, que debutaba en el torneo. Maradona se acercó a él y con la solemnidad que merecía la ocasión le dijo a Bochini: “Dibuje Maestro”.
Diego Maradona, el ídolo de Argentina, con permiso de Carlos Gardel, siempre ha tenido como ídolo a Bochini, por el que siente verdadera devoción. El Bocha ha sido uno de los mejores jugadores que ha dado Argentina, un talento enorme, un hombre que tenía el fútbol en la cabeza, un centrocampista que construía el juego con la naturalidad y con facilidad con la que sólo pueden hacerlo los genios. Un grande de verdad, de los que ya no salen, aunque su categoría quizá nunca haya sido valorada en su justa medida lejos de Argentina. Y es que hay que ser muy grande para ser el ídolo de Dios. Porque Maradona, para los argentinos, es Dios.
Diego Maradona, el ídolo de Argentina, con permiso de Carlos Gardel, siempre ha tenido como ídolo a Bochini, por el que siente verdadera devoción. El Bocha ha sido uno de los mejores jugadores que ha dado Argentina, un talento enorme, un hombre que tenía el fútbol en la cabeza, un centrocampista que construía el juego con la naturalidad y con facilidad con la que sólo pueden hacerlo los genios. Un grande de verdad, de los que ya no salen, aunque su categoría quizá nunca haya sido valorada en su justa medida lejos de Argentina. Y es que hay que ser muy grande para ser el ídolo de Dios. Porque Maradona, para los argentinos, es Dios.
Bochini es Independiente, cuya camiseta defendió durante 19 años y casi 700 partidos. Vestido de rojo ganó cuatro Ligas, cuatro Libertadores, dos Intercontinentales y tres Interamericanas. Un palmarés envidiable que palidece cuando los seguidores del Rojo hablan de sus hazañas, de su fútbol, de esas jugadas que pusieron boca abajo tantas veces la grada de la Doble Visera. Su juego siempre estuvo muy por encima de títulos y reconocimientos, que siempre fueron menos de los que merecía. El fútbol de Bochini era talento, imaginación y sentido colectivo. El grupo por encima del individuo. Una pared valía para él tanto o más que un regate. El juego del Bocha era puro sentimiento.

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